Día 41 de peregrinaje: Hélette (Pyrénées-Atlantiques), 22 de julio 2013

Esto va a ser mucho más complicado que antes. Ya me lo habían dicho y ya lo sabía, pero esto no me quita la sensación de desamparo. Ni marcas ni peregrinos ni albergues jacquaires. Solo un mapa dibujado a mano y unas cuantas indicaciones no demasiado claras. Etapa de hoy: Saint-Palais – Helette. Abandonar este pueblo va a ser tarea difícil. Sí, puedo caminar por la departamental, siguiendo los paneles de carretera, pero me han dicho que hay un camino.

Sé que tengo que viajar hacia el suroeste, así que me interno en los campos, intentando caminar en esa dirección. Pero el camino no está muy claro, y un riachuelo no me deja avanzar. Intento rodearlo, pero me doy cuenta de que me estoy desviando y, además, casi todas mis opciones están cerradas con alambradas de púas. No me queda otra que decidir cuál de mis dos bambas “impermeables” tiene menos agujeros, meter ese pie en el agua y pasar al otro lado. Y al otro lado me espera otra verja con sus pinchos. Pero ahora no me voy a echar a atrás, así que, invocando a san Betadino, la traspaso como puedo.

Con los pies mojados y lleno de rasguños, sigo caminando hacia el sur, siempre al sur (esto me recuerda al “Diablo II”). Demasiado hacia el sur, porque no tengo ni idea de dónde estoy. Finalmente encuentro una carretera y la sigo, cantando mis mantras que me protegen del calor, el asfalto pegajoso y los coches que parece que, hasta el último momento, van a llevarme por delante. Intento salir de la departamental cada vez que tengo ocasión, pero todos los caminos están cerrados o me llevan hacia el sentido opuesto. Hasta que veo, casi borrada, una marca que dice: “Voie de Bayonne”. Otro camino! Lo sigo a ciegas y, en poco tiempo, estoy en Hélette.

Heleta (en Euskera) es un pueblo pequeño de edificios bastante modernos, parece una ciudad de fin de semana, de veraneo. El albergue es una casa recién renovada. Hay un cartel que me dice que tengo que pedir las llaves en el ayuntamiento. Allí hay otro cartel que dice que aun no han abierto, así que pregunto a unos niños dónde hay una tienda (a cinco metros de dónde estoy) y voy a comprar algo para comer y para cocinar por la tarde.

La funcionaria está muy contenta de tener un peregrino y poder hablar un rato. Está sola en su despacho y en el edificio y no parece tener mucho trabajo.  Ella habla también euskera. Su hijo se casó con una española, de Navarra, y esperaba poder comunicarse con ella en esta lengua, pero ella solo habla español, así que no se entienden. Antes de despedirnos, me explica cien mil veces (peregrino + extranjero = tonto) dónde tengo que dejar las llaves cuando me vaya mañana y me dice cómo desear buen camino y “bon courage” en vasco.

En el albergue me doy cuenta de que el cuscús que he comprado lleva pollo, así que lo dejo en la nevera con una nota y paso la noche escribiendo más “conneries” y haciendo dibujos en el libro de oro. Los pocos peregrinos que han parado aquí son, la mayoría, alemanes, suizos y holandeses.

Bide on! Kureia on!

Anuncios

Día 38 de peregrinaje: Arzacq-Arraziguet (Pyrénées-Atlantiques), 19 de julio 2013

La etapa de hoy es larga y aburrida. Ya queda poco para entrar en territorio español y se va notando el desgaste. Partimos los tres solos muy temprano, dejando atrás a los ancianos de Pimbo (la Bestia Roncadora incluída), intentando encontrar la salida. Acertamos a la segunda. El primer pueblo que encontramos, Arzacq-Arraziguet, es el pueblo de dónde ha salido gran parte de nuestro “grupo”, al que nos costará atrapar. Un grupo bastante reducido, pues la mayoría de peregrinos que hemos conocido ya se han largado a casa y no encontramos a nadie nuevo hasta que nos paramos junto a este árbol. Félix no puede evitar el orgullo de señalar la bandera de Québec. Junto al árbol hablamos con un señor sonriente, que parece que nos rehuye un poco. Yo, cabezón me pongo a hablar con él. También partió de Suiza (no recuerdo  de dónde) y hace semanas que encontró su ritmo, así que prefiere caminar solo. Me confiesa que es daltónico y que, al no distinguir el color de las marcas (rojas y blancas) se ha perdido varias veces. Parece un chiste…

En seguida pega un acelerón y nos deja atrás. Lo volveremos a alcanzar, por supuesto, pero le dejamos tranquilo. Tampoco hablamos mucho entre nosotros hasta que llegamos a Arthéz-de-Bearn. El Bearn no forma parte del país vasco francés, pero tiene un aire, casas blancas y aisladas. Quizá es lo que ha hecho tan aburrida la etapa de hoy, todo el suelo que hemos pisado era agrícola, nada de bosques, hemos atravesado varias poblaciones pero sin cruzar apenas calles. El albergue, el que toca, es bastante grande, con una recepción que parece de un hotel. En el libro oro hago un dibujo del grupo, que se ha perdido. David dice que lo he dibujado como una tía y Félix parece que esté fumado. Céline y Joanne están allá, con el daltónico y otro chico que vi hace días, el falso vegano, según David. En teoría compartíamos habitación con las dos marsellesas pero Céline decide que prefiere acampar. Joanne (mi Joanne) parece que se quiere quedar con nosotros pero, al final, se va fuera también. David dice que no podría soportar nuestros encantos sin tirársenos encima. Félix opina que deberíamos ducharnos. Tras la ducha, Joanne dice que les sobra comida y sitio en la lavadora. Tras un pequeño interrogatorio, decidimos que la comida es apta para veganos (tu es aussi végétarien? No, I’m a level higher!). Después de comer, y tender la ropa, la de las chicas incluída, estamos un buen rato hablando, hasta que Céline vuelve, algo nerviosa, casi avergonzada, porque he tendido su ropa (también la interior). Dice que afuera hay muchos mosquitos y que prefiere pasar la noche en el albergue.

Día 35 de peregrinaje: Éauze (Gers), 16 de julio 2013

Fritz, quizá la única persona viva del “sitio llamado Lamothe” nos recibe con el Bolero de Ravel a la hora del desayuno. Este hombre, con sus maneras bruscas, su aspecto de oso ermitaño y su mezcla de lenguas, se hace querer como pocos hospitaleros. Además, gracias a él tengo un mapa que me permitirá atravesar los Pirineos por el Cantábrico.

Félix y David han acampado fuera. No podemos disfrutar durante mucho tiempo del desayuno porque en seguida llegan unos periodistas terroristas a filmar sin permiso como nos atamos las botas y otras cosas de peregrinos. Así que dejamos en su salsa a la pareja bleda y a la chilena belgicana de ayer y salimos a pisar la tierra.

Después de tantos días caminando solo, se agradece tener compañía, aunque me cueste utilizar el inglés como lingua franca con un hispano y un francoparlante. Cada día es una vida nueva, y cada día tienes que ser una persona diferente. El plurilingüismo es primo de la esquizofrenia, creo que hay artículos que lo demuestran. Además, David y Félix han creado una especie de comunidad de dos personas, un lenguaje propio y sus propias bromas; una mezcla entre el señor de los anillos, el heavy metal, los juegos de rol y los memes de internet. Psí, son (somos) unos putos friquis.

El camino nos lleva a Éauze (atención con el acento) donde casi tengo que obligarles a visitar la catedral. Bueno, tampoco es gran cosa, pero a mí me gusta pararme en los pueblos y ciudades ver qué personalidad tienen, qué significaría vivir allí. Supongo que la mayoría hace el camino para eso, caminar y llegar a un sitio y descansar. Y otros para ver y comer cosas. Yo no sé muy bien para qué vine aquí (ya pasé como cuatro crisis de fe). Cuando viajo con más gente siempre pienso en lo que haría si estuviera solo. Supongo que me hago demasiadas preguntas.

En fin, después de atravesar Manciet y otros pueblos gascones que tengo apuntados, llegamos, bajo un cielo muy turbio, a Nogaro. Parece un nombre japonés, dice Félix. Lo primero que encontramos es un circuito de carreras (circuito Paul-Armagnac) y, mucho después, el pueblo. Empieza a llover, así que no hay excusa para pararnos. Hay que seguir hasta el camping, que está en el quinto c*ñ* y, encima, el camino no está muy bien señalizado.

En el camping nos encontramos con Jean-Baptiste, que no hace muy buena cara. Ya nos habíamos encontrado antes con él: estaba ilusionado porque el camping tenía piscina y podría amortizar el bañador que había comprado en Lectoure. Llueve a cántaros sobre la piscina, pero nosotros deberíamos comer algo hoy también, así que salimos de expedición al Lidl de la carretera. El Lidl es un paraíso vegano en Francia. Félix y David se empeñan en pagar un montón de botellines de cerveza negra para celebrar mi cumpleaños.

Cuando volvemos, empapados, invitamos a Jean-Baptiste y a las chicas, Céline y Joanne, que están allí también, por supuesto. Todos rechazan la oferta, así que acabamos los tres fricazos jugando a una especie de “jo mai mai” (I never) con preguntas de temática sexual/aburda, para acabar debatiendo sobre la inmutabilidad del ser. Fuera coña, que tenemos un filósofo entre nosotros. Félix y yo nos empeñamos en que una persona puede cambiar, evolucionar, crecer, ser mejor. Por algo emprendimos este camino. Pero David (y Parménides, creo) se empeña en que nada puede cambiar, todo cambio es ilusión. El agua del río puede moverse, pero sin dejar el río. Los mosquitos y esta conversación hicieron que, pese al alcohol, no durmiera muy bien.

Día 31 de peregrinaje: Auvillar (Tarn-et-Garonne), 12 de julio de 2014

Abandono Moissac tot solet y muy trempanito. El camino, una amplia senda/carril-bici que bordea el canal, no admite pérdida e invita a la meditación. Amanece muy despacio y casi no hay nadie, solo personas mayores que caminan y pedalean un poco. Cuánta agua… Y solo es una canal, navegable!, del Tarn, que solo es un afluente de la Garona. La etapa de hoy es bastante larga, pero podría caminar sin parar y sin cansarme durante días mirando los barcos y pisando barro. Pequeñas poblaciones y presas rompen el encanto. Boudou Malause Pommevic… Magia negra eslava?.

Al entrar en Espalais, el último pueblo a este lado de la Garona, me encuentro un albergue(1) muy bonito. Me siento a descansar en una mesa, donde hay una chica leyendo. Hablo un poco con ella y me dice que el albergue todavía no está inaugurado, que ella no es hospitalera, ni siquiera está segura de si es peregrina. Simplemente se paró aquí hace unos días y el dueño le dejó quedarse. A mí también me hubiera gustado quedarme aquí. El hospitalero no habla mucho, pero me da su tarjeta y estampa mi credencial con un sello enorme, empapado en tinta roja. Dice que es el símbolo chino de la vida.

Caminando un poco más, encuentro una oficina de correos y aprovecho para tirar la postal que escribí ayer. Justo cuando meto la carta en el buzón, llega la empleada y me dice que ese buzón es una pieza de museo. En ese momento llega también Jean-Baptiste y dos peregrinos gordos holandeses sin mochilas y, bueno, y la de correos abre la oficina y me enseña cómo mi postal a acabado en el suelo. Jean-Baptiste se ríe y yo también. No recuerdo a quién iba dirigida la carta, espero que llegara a su destino.

Un pueblo fantasma, con un pícnic enorme junto al río con lavabos para peregrinos (je!). La iglesia parece un poco ruinosa pero, al empujar la puerta, ésta se abre y dentro me encuentro a unos músicos ensayando. Parece que tocan música antigua y, como no me dicen nada, me quedo un rato. Por dentro, la iglesia está más en ruinas todavía, haciendo que los músicos parezcan extras de una peli de Kusturica.

 

Una de pieses pal Instagram

Una de pieses pal Instagram

Al otro lado del río está Auvillar, una de las ciudades más bellas de Francia (certificado), pero a partir de aquí mis recuerdos (y mi documentación) son borrosos. Al dejar el río y la vegetación, el calor era insoportable y tampoco recuerdo dónde acababa la etapa “oficial”. Tengo un sello de Saint-Antoine (Gers) y fotos de una iglesia de Saint-Jacques que no he podido localizar. De alguna forma sabía que había una casa, la “Pate d’Oie”, donde acogían a peregrinos.

“Xavier et Isabelle Ballenghien”

Para llegar a la casa, como no, había que atravesar Flammarens y rezar porque aparezca alguien a quién preguntar. Y rezar es lo primero que me viene a la cabeza cuando entro en la “mansión”, enorme y oscura, llena de cachivaches procedientes de todo el mundo y carteles de temática cristiana. Xavier (2), el hospitalero, dueño de la casa y padre de familia es el vivo retrato del caballero moderno, elegante, educado y simpático. Además, sabe algo de español, porque su familia viene de Perpignan. Su hijo, Benôit, también estudia español pero es más pragmático (o sincero) que su padre y prefiere hablar en francés. Benôit es el número 7, me explica Xavier y me enseña una foto de los siete hermanos, todos altos, delgados y con camisa blanca. He dormido con SDFs, pero no estoy preparado para esto.

Xavier es encantador y se esfuerza en prepara una cena vegetariana. Incluso hace un pastel buenísimo. “Es la grasa de ternera la que hace que sea tan crujiente” dice Benôit.

Sí, Benôit, a sus doce o trece años, posee una ironía exquisita. Según Pratchett, ser el séptimo hijo (bueno, el séptimo hijo del séptimo hijo) le predestina a uno a ser un mago. Su padre se tiene que ir y le pide que me enseñe el trabajo de la granja. Y eso hace, con la parsimonia de un chaval acostumbrado a montar el mismo numerito a todos los pelagatos que acoge su padre. He de decir que contestó a todas mis estúpidas preguntas sobre pollos y patos y que aprendí un par de cosas de una ganadería que, por desgracia, casi se practica solamente por afición. También he de decir que me costó dormir en una habitación llena de tótems africanos y pósters parroquiales.

1 Buscando info sobre el albergue de Espalais, encontré una historia del hospitalero y su compañera. La leí con la ilusión de que al final aquella chica encontrar su sitio en el Par’chemin. Al final, la historia es distinta y no sé si es el mismo hospitalero que encontré.

2 Creo que lo escribí en el post posterior a éste. Mi huésped no era otro que el alcalde del pueblo.

Día 27 de peregrinaje: Flaujac-Poujols (Lot), 8 de julio de 2014

Me despierto un poco perdido, esperando encontrarme la típica habitación de albergue a oscuras, con gente que ronca y gente que remueve bolsas de plástico con una linterna en la boca. Por la ventana entra bastante luz y mi compañero de celda, el novicio Jean-Baptiste, está ordenando sus cosas.

Yo dejo la mochila en el cuarto y me pongo a correr como un idiota por el claustro del monasterio de Vaylats. ¡Creo que estoy curado! En el comedor, la mujer del Dalshim (o del malo) me vuelve a dejar la crema y Rafa, el hombre medicina valenciano, me dice que para la tendinitis hay que mear mucho. Él intentará aguantar, aunque parece que su magia no es lo bastante poderosa para curarse a mí mismo. No hace falta decir lo que piensa Jean-Baptiste de semejante herejía.

Vaylats

Vaylats

Hoy no tengo ganas de seguir el paso militar de Jean-Baptiste. También tengo ganas de perderlo un poco (pobre!), pero no hay manera, porque aunque me adelanta, cae en las redes de un tenderete en el medio del camino. Es una ONG de Estrasburgo, que ayuda a los handicapés a hacer el camino de Santiago. Venden deuvedeses y regalan galletas. Es gracioso, porque la mitad son de Iraq, y hablan con un acento alsaciano del próximo oriente. Son simpáticos. Sigo andando con el brutispático Jambo, un poco aguantado, hasta que encontramos a la pareja de oro, los Jeanpoles (Jean-Paul y Philip) siempre dispuestos a hablar un rato (solo Philip). Seguimos adelante, hace mucho calor, Jambo ya no puede correr mucho, apenas hablamos; hay ganas de llegar a Cahors de una vez. Entonces, me doy cuenta de que me olvidé el bastón. Gracias bastón! Jambo, sigue sin mí! Tiro la mochila al suelo y corro, corro, hasta que veo a la pareja, con mi tesoro en la mano. Il a une jolie forme, ton bâton. Sigo con ellos hasta que llego a mi mochila, la recojo y me despido, nos vemos en Cahors.

La revelação

Esto era yo que acababa de recuperar mi preciado bastón que perdía cada dos por tres, llegando a Cahors todo solito, cantando boludeces, riéndome solo, hasta que escucho una voz que viene de arriba. Alzo la cabeza y veo un campo de fútbol abandonado detrás de la silueta de un hombre sentado a una mesa. Voy a ver qué me dice.

Le monsieur du champ de foot, un señor algo mayor, algo gordo, algo canoso y con un tatuaje gastado en el brazo me da la mano y me dice que me siente a beber algo. No cal. Pero me siento y me presento, se presenta, el típico bavardage entre peregrino y hospitalero. Pero este hospitalero y esta conversación no eran tan típicos. No sé muy bien cómo, ah le catalan, acabamos hablando de regiones y países y de Europa y de economía y de cómo las personas acababan (acabábamos) sepultadas por una serie de “entes” que no podemos controlar y a los que no les importaban. Y no sé cómo me eché a llorar como un tonto. El señor me hizo pasar a su mini-albergue y me dio, no sé, una cocacola y entonces llegaron su mujer y su hija, discapacitada, que me puso, muy fuerte, el sello de la Confrerie Flaujac-Poujols y yo le di la voluntad y, claro, seguí adelante.

Seguí adelante perdiendo espíritu por todos los poros, como una esponja invertida, como si me hubieran desatado un nudo de dentro, entendiendo el sentido del camino, que a veces caminamos por otros, como este señor, que no puede dejar a su familia pero cada día escribe los pensamientos que le transmiten los peregrinos que paran en la puerta de su cabaña, de camino a Cahors.

Philip me dice que Jean-Paul me estuvo esperando un rato y al final había tirado para Cahors. Me pongo a correr, a ver si lo alcanzo, pero antes de llegar a Cahors encuentro el albergue-donativo que salía en el libro de la hospitalidad cristiana de Quentin. Al final, no es donativo ni especialmente barato, pero él y Anneline está allí, así que me quedo y comparto un plato de pasta mientras el garçon se baña. Anneline es vegetariana, filósofa y creyente. Su familia viene de Polonia. (Quentin es un chti con cara de duende) Me quedaría a hablar con ella para siempre (en serio), pero quiero ir a bañarme al río. Quedamos en que por la noche cocinaremos tortilla. Española.

Cahors, al tener estación de tren, es final de camino para unos cuantos. Como Dominique y las damas holandesas. Los encuentro en el puente y me dicen que hay una playa junto al río. La “playa” está petadísima, así que me voy directamente al río, aunque esté prohibido. Escondo la ropa entre los matorrales y disfruto del agua fría y fangosa. Cuando salgo, unos drogotas me dicen que tengo que pagar peaje, pero me hago el guiri y los esquivo. En el pueblo, me encuentro a Jean-Baptiste. Me dice que en su albergue están Félix y David, mis compañeros de tendinitis en Conques. Quiero ir a verlos, pero me lía con la visita a la catedral (la de las tetas) y el mercadillo medio-medieval y al final vamos a comprar para la tortilla. En el super encontramos a Quentin-content y Anneline y nos repartimos la compra. Jean-Baptiste quiere cenar con nosotros y dice que se encarga del vino, del queso y del melón. En fin, es francés y de Paris para más inri.

El edificio con tetas grises es la catedral de Cahors

El edificio con tetas grises es la catedral de Cahors

En el albergue encontramos a una pareja de jubilados que acaban de llegar. Hablamos un poco, hablan, porque yo tengo que hacer la tortilla y dirigir a la gente, pensando en castellano y hablando en francés. Jambo saca su navaja del ejército colonial y los otros unos cuchillazos enormes. Nadie entiende que el huevo se eche al final ni que se necesite tanto aceite (de colza!), pero salen dos tortillas bien majas. Los señores resultan ser muy simpáticos. Están jubilados, pero todavía tienen que cuidar de sus hijos… y de sus nietos. Hablamos y hablamos (Jambo se marcha a su albergue), oscurece y cuando llevamos un rato hablando en la oscuridad (no hay luces en el albergue), nos vamos a dormir.

Día 63 de peregrinaje: A Fonsagrada (Lugo), 15 de agosto de 2014

Ni idea de dónde salió esta foto. Pero mola...

Ni idea de dónde salió esta foto. Pero a mí me mola…

Lo malo de dormir en el suelo y en medio del paso es que vas a ser el segundo en todo el albergue en despertarse. Los primeros son polacos. No tengo nada para desayunar, así que en seguida estoy listo y, no sé muy bien por y para qué, les ayudo a sacar unas mesas y sillas al patio. Cuando el polaco más viejo se pone una especie de túnica sobre el uniforme de peregrino marca Quechua, lo entiendo todo. Van (vamos) a celebrar una santa misa. Es más o menos igual que la española: no se entiende bien lo que dice el cura, la gente lo repite todo murmurando y al final te dan una hostia. A mí, además, me dieron las gracias y una bendición en español (más o menos).

Después de comulgar, salgo corriendo, pues la etapa va a ser (literalmente) maratoniana. Las curvas hasta el embalse, quemando chancla, saludando a los del albergue y a los franceses que se dan la vuelta, son mucho más largas de lo que dicen los mapas. Y la subida amenazaba ser peor, una carretera estrecha, siempre con un ojo puesto en los coches. En ese momento recibí un mensaje, alguien me reclamaba desde el otro lado de la vida. Entonces, caminando dos dedos sobre el arcén, dejé de ser peregrino por un rato, ¡qué diablos!, y llamé a mi hermano y estuve hablando con él hasta Grandas de Salime, mientras los coches me pitaban y se acordaban de mis antecesores.

En Grandas solo había un albergue juvenil y ninguna tienda de zapatos, así que compré algo para comer y seguí adelante, hacia el siguiente albergue de peregrinos, en Fonsagrada.

Parábola del perro:
Érase una vez un perro gordo y manso que iba detrás de los peregrinos en busca de comida. Normalmente recibía jugosos trozos de embutido, pero el peregrino que encontró aquella tarde, vegetariano (vegano en prácticas), solo le daba garbanzos. Y no demasiados, pues también tenía hambre. El perro cada vez exigía con más firmeza su ración, y el peregrino se empezó a poner nervioso, mientras apartaba el tarro de sus fauces. Como no podía comer tranquilo, decidió marcharse de allá, pero el perro no estaba dispuesto a quedarse sin comer, así que lo persiguió, ladrando cada vez más fuerte. El peregrino se puso firme y gritó al perro, haciendo movimientos bruscos que parecían disuadirlo. El perro se volvió más dócil y temeroso, pero no dejó de mendigar, así que, viendo que no podría librarse él, el peregrino le dio un último garbanzo e intentó acariciarlo. El perro, en cambio, al ver cómo tenía al humano dominado, saltó hacia él y estuvo a punto de arrancarle una oreja de un mordisco.
La moraleja es que debemos aprender a decir que no y mantenernos firmes en nuestra decisión pues, si cedemos después de negarnos, los demás interpretarán esto como una debilidad e intentarán aprovecharse de nosotros, con violencia incluso.
(Fans de Paulo Coelho: el perro no era negro)

Mientras estaba con el perro, me di cuenta de que cinco peregrinos españoles (bueno, uno parecía guiri) me iban a adelantar, así que salí disparado. El camino no es una competición, pero, ya digo, ¡qué diablos! Gané, claro, pero en Fonsagrada ya no había plazas. La amiga de los peregrinos de la iglesia hizo una llamada a Padrón y me dijo que me diera prisa. Aproveché y le compré otra credencial, pues la mía estaba en las últimas.

Una vez allí, me encontré con mi Némesis/colega, Dennis el occitano, siempre sonriente. Viajaba con un señor catalán que se fue a comer al pueblo. Nosotros no teníamos nada, así que cocinamos todo lo que había en el albergue. En seguida llegó Víctor, médico chino de Pamplona. Bueno, no era chino, pero su medicina no. Poco después llegaron dos niños franceses de Barcelona (venían de Barcelona, uno parecía alemán y el otro español). Les ofrecí mi cama para que durmieran juntos y pasé la noche con Víctor (qué romántico todo esto, je). Víctor, fumando en la ventana me dijo: “tú tienes ansiedad”. Pues sí, ¿tanto se nota? Además estoy muy cansado.

Día 65 de peregrinaje: Lugo, 15 de agosto de 2013

P1010595

Hoy se cumple un año de mi llegada a Lugo. Día de la virgen y todo cerrado. Cómo pasa el tiempo y qué despacio escribo.

Cuando me despierto en el albergue de O Cádavo todavía es de noche, pero al mirar el reloj me doy cuenta de que no es tan temprano. Los días se hacen más cortos, el verano se acaba y viajamos hacia el oeste. Salgo en seguida, decidido a empezar a mi aire pero, como estas cosas no se deciden, empiezo a caminar con Johannes, el alemán rasta con la nariz pelada que iba con el grupo de españoles fumaos. Y empezamos mal, alumbrando los bordes de la carretera con el móvil para darnos cuenta de que vamos por un camino equivocado y tenemos que volver.

Ahora sí, en seguida llegamos a Castroverde, donde querría haber hecho noche. Es un pueblo pequeño y, al pasar delante de una casa, un señor se dirige a mi bastón. Su forma la llama la atención y, además, detecta que Johannes es alemán. El paisano nos explica que vivió durante años en Alemania y nos abre la puerta de su garaje. Allí tiene centenares de criaturas de madera, grandes, pequeñas, humanas, extraterrestres. Es la madera la que dicta el recorrido de su cuchillo al tallarlas. Le regalo mi bastón y el, a cambio, me da uno más bonito y limpio, gravado de espirales. También le compro un peregrino narizotas, para regalar. No he comprado ningún souvenir.

En el pueblo nos encontramos a los pies descalzos germanosuizos y hacemos un café con ellos. Estos últimos días, aunque llenos de incertidumbre, son tan bonitos… Johannes ya hizo el camino el año pasado y parece que no logró encontrarse a sí mismo. Trabaja con sus padres en un huerto ecológico y es un experto en el cultivo de maría. Hablamos de educación, psicología (o locura) y el sentido y las direcciones de la vida, hasta que llegamos a Lugo.

La entrada no es demasiado prometedora, hasta que llegamos a la gran muralla y al albergue. El sitio está bastante bien, con un hospitalero gallego de pura cepa. (¿Se puede cocinar? Hombre, hay cocina, pero no hay aperos. ¿Han traído ollas?). Cuando salimos, un trío de alemanes que han llegado en autobús intentan convencer al hostalero de que los aloje. La chica me hace ojitos y me pide por favor, en alemán, que hable con él. Ni caso, los hospitaleros gallegos siguen las normas a rajatabla y, además, son gallegos. Primero entran los caminantes, luego los ciclistas y, a partir de las ocho, si hay sitio, los tramposos.

Johannes y yo vamos en busca de una amiga suya, una francesa que se lesionó y vino en taxi y nos dedicamos a hablar y recorrer la muralla, la mejor pista de atletismo que he visto nunca. Pasamos por alguna zapatería y Johannes mira los precios. ¿Rebajas? Podrías comprar algo, si hoy no fuera fiesta. Acabamos en un bar, hablando de mil cosas, a veces tan personales que solo se hablarían con gente de paso y en lengua extranjera.

Johannes quiere ir a la misa especial del día María y le acompaño mientras su amiga se va a la pensión que yo le he reservado por teléfono. En la catedral de Lugo tienen una hostia permanentemente consagrado y el cura se dedica a repartir hostias verbales a los feligreses. Johannes no entiende nada, pero disfruta de la ceremonia desde nuestro rincón de plebeyos. De vuelta, hacemos una cena vegana con la colega y nos despedimos. Todos los europeos han sido vegetarianos en alguna ocasión y no tienen problemas en recordar viejos tiempos. Cuando llegamos al albergue, el trío de alemanes tramposos están entrando por la ventana. Se les ve muy contentos, se han salido con la suya. Yo ya estoy muy cansado y me duermo solo con tocar el saco de dormir. Había prometido darle mi teléfono a Johannes, pero al final solo se llevó mi crema para quemaduras de narices. Hay que aprender a valorar los encuentros por lo que se comparte en ellos y no por lo que duran ni la posibilidad de que se repitan. “Somos barcos que se cruzan en la mar”, me dijo una vez un investigador holandés en un hostal de Bruselas.