Día 13 de peregrinaje: Le Puy-en-Velay (Haute Loire) 24 de junio de 2013

No es una maqueta! Es la capilla de Sant Miquel de l’agulla.

Markus y yo nos tomamos juntos un café-au-lait en el único bar del pueblo. Bar, estanco y administración de lotería. Lo normal en un bar de pueblo; los franceses rurales parecen ser unos ludópatos tabaquistas. Yo me he comprado una pasta en la panadería, pero hay confianza. También entre Markus y yo, que sabiendo que vamos al mismo sitio, acordamos caminar separados.

Empiezo a caminar con una sensación rara. La salida del pueblo ya es complicada, se ven muy pocas marcas. Le Puy es el lugar de partida y parece que no se han molestado en indicar como llegar allá. Pero el peregrino zen deja este koan: “Llegar, partir, la misma cosa”.

El paisaje, por lo menos, es bastante bonito. Como ayer, me encuentro volcanes redonditos pintados de verde, como en una película del Studio Ghibli y cicatrices de basalto negro en medio de la vegetación. Las zonas urbanizadas, en cambio, son bastante feas, comunas y subcomunas, algunas muy grandes y difíciles de atravesar. En una de ellas me pierdo y nadie es capaz de guiarme. Vas al Puy? A pie? Increíble. Se extrañan de ver peregrinos? Como parece que no tengo otra opción, acabo dirigiéndome a la autoroute, hasta que encuentro un túnel, la atravieso y camino hasta el Loire un poco campo a través. Después del río hay un gran parque, donde encuentro a Markus. Aquí sí que encontramos marcas, a las que maldecimos, pues nos hacen dar un rodeo idiota por el parque hasta llegar al Puy.

Hemos llegado muy pronto y está todo cerrado, así que hacemos un poco de turismo (mi carnet de universitario raté al fin sirve para algo), subiendo a las dos piedras. La primera, que tiene en lo alto la capilla de Saint Michel d’Aiguilhe, es en realidad la chimenea de un antiguo volcán. La iglesia es antiquísima y preciosa. La otra piedra creo que es una montaña normal, y en su cima hay una especie de estatua de la libertad/vírgen con niño. Se puede subir a la cabeza y ya está. Antiguamente se podría más alto y los niños dejaban colgar los pies por entre los pinchos de la cabeza, pero ahora está prohibido. A la salida, Markus me busca un libro para continuar mi camino. Al final cogí uno francés bastante malo; tendría que haber elegido uno de los fantásticos y amarillos libros “outdoors” alemanes.

Después de tanto tiempo siendo los únicos huéspedes, parece que encontrar albergue aquí no va a ser fácil. Al final, en una tienda de encajes, nos recomiendan a los hospitaleros, les amis de Saint-Jacques. Después de dar mil vueltas a la iglesia, los encontramos, muy contentos de encontrar a un español que hable francés y muy contentos de recibirnos en alemán. En fin, creo que lo entendí todo y, sinó, le preguntas al Markus. Y el Markus se reirá de ti, claro, contento de su superioridad idiomática. Ahora me doy cuenta cuán suabo era…

Por una vez vamos a cenar como personas, al sitio donde nos dice el hospitalero, que nos harán descuento. Por el camino, un chico intenta vendernos drogas, pero tiene que huir asustado cuando Markus entiende sus propósitos. O no los entiende. Es igual: como en un cómic un “NEIN!!” empuja al chaval al otro lado de la calle. Y el restaurante, psché. Plato único, pero claro que tienen opción vegetariana. Comes lo mismo que los omnívoros, pero quitando la carne. Y pagas, lo mismo, claro, bueno, un euro menos porque venimos de parte de los amigos del santo.

De vuelta en el albergue, rodeado de peregrinos franceses sin estrenar, que empiezan hoy un viaje que durará algunas semanas (o algunos días) no puedo evitar darle vueltas a los motivos, las esperanzas y las consecuencias de la aventura. Si la duda es la prueba de nuestra existencia, esa noche estuve existiendo a saco antes de dormirme.

Día 10 de peregrinaje: Saint-Julien-Molin-Molette (Loire) 21 de junio 2013

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Markus y yo nos levantamos más o menos a la misma hora –él me despierta– en el gîte d’étape de Chavannay. Estamos solos en el albergue, con la nevera y el armario llenos de cosas para desayunar, todo para nosotros. Genial! Markus no come mucho y enseguida se pone en camino. Yo, en cambio, me pongo las botas, y con toda la calma del mundo: hay que aprovechar todas las ocasiones que se presenten; nunca sabes cuándo y dónde podrás volver a conseguir comida.

El principio de la etapa de hoy es bastante bonito, subiendo y bajando pequeñas colinas por sendas suaves. En la primera me encuentro una ermita muy bien restaurada. Me gusta pararme en estos pequeños templos que antaño intentaban unir la naturaleza con una religión cada vez más artificial y ahora son un lugar donde los peregrinos dejan sus mensajes.

Cuando llego a la Gîte de Ste. Blandine me encuentro al otro peregrino, desayunando carne en lata. Extraordinary spam. Declino la invitación y, cuando se pone en marcha, le propongo acompañarle. No sé si es buena idea porque, aunque camina de manera rara, lleva un ritmo bastante rápido y, como habla muy poco, me cuesta llevar el peso de la conversación con mi alemán de parvulario.

Cuando llegamos a Saint-Julien-Molin-Molette Markus pasa el pueblo de largo, sin pararse ni a mirar la iglesia ni la plaza; su mirada de terminator solo reconoce las marcas del camino. A regañadientes, después de diez días caminando solo, le sigo hasta Bourg Argental. La entrada el pueblo es muy bonita, el bosque se mezcla con un parque y, tras él, milagro, un Carrefour. A comprar con los ojos (y no con la espalda) litros de zumo y kilos de muesli y couscous-taboulé. En la oficina de turismo reservo para dos en una casa particular en St. Sauver en Rue y vamos a hacer un café a la plaza mayor. “Café au lait” es una de las tres únicas cosas que Markus sabe decir en francés (las otras son “Bonjour” y “Bonne route”). Lo mejor del camino son los descansos, hacer bromas con los pueblerinos y comprar postales. Una postal con un dibujo del ayuntamiento o la iglesia que tenemos delante. Creo que en toda la historia nunca se ha escrito tanto como ahora (e-mails, chats, sms, etc.), pero hemos olvidado la importancia (y el placer) del acto de poner en palabras y ordenar lo que llevamos dentro.

El camino hasta St. Sauveur es largo, sinuoso y empinado, pero también muy bonito. Un bosque muy espeso que a veces no deja ver el cielo. “Schwarzwald”. Markus viene de un pueblo junto al lago de Constanza, cerca de la Selva Negra.

El lugar donde hacemos noche está apartado del pueblo, junto a una estación de tren abandonada. La casa había sido un carnicería, lo que hace mucha gracia a Markus. Todavía le hace más gracia poderse comer mi hamburguesa, aunque se cabrea cuando le digo que la única palabra alemana que conocen los españoles es “Kartoffel”. Le ofende que Alemania sea visto como un país de comedores de patatas. Los dueños de la casa no cenan con nosotros, sinó en el jardín. La verdad es que no han sido demasiado amables: solo han hablado con nosotros para enseñarnos la habitación y cobrar. Pensaba que era aubergement jacquaire, pero no, tienen tarifas. Y no semasiado baratas.

Después de cenar,  enciendo el teléfono para ver las llamadas y, en seguida, se pone a sonar. Un compañero de la Escola Oficial d’Idiomes me dice que ya han publicado las notas y que, como no sabe mi dni, me ha enviado por mail una foto del listado. Voy a ver a los fiesteros y les pregunto si hay conexión ha internet, que es importante. La mujer me acompaña a una especie de ex-cuarto de los niños, ahora cuarto del ordenador donde, después de pelearme con el estúpido teclado francés, veo que he sacado un 88 sobre 100. Les doy las gracias –me felicitan- y salgo a relajarme mientras Markus habla con su mujer por teléfono. Espío un poco su conversación. Habla de mí.

Día 3 de peregrinaje: Seyssel (Ain) 14 de junio 2013

Duermo demasiado y desayuno a las ocho con las dos señoras germano-suizas, que hoy volverán a casa en tren, si no hay huelga. Solo por el desayuno mereció la pena la clavada del hostal. La mermelada, la mantequilla y el pan están buenísimos.

Hoy camino más tranquilo: he descansado bien, no me duelen tanto las ampollas y la ruta está muy clara. Chispea un poco por la mañana, pero cuando llego al Ródano sale el sol. Al llegar al río, se puede seguir hacia el sur, haciendo una etapa bastante larga, o continuar junto al río, caminando por una ronda verde hacia el norte y hacer noche en Seyssel. Como no lo tengo muy claro, sigo el carril bici y me encuentro con las dos yayas alemanas que dan la vuelta. Aunque no me gusta caminar por el asfalto, decido seguir hasta Seyssel, que creo que es bonito y hay oficina de información turística. Allí me encuentro con una chica encantadora que me recomienda visitar el pueblo (es su trabajo) y me reserva un albergue en Motz. ¡40 euracos! Pero dice que no hay nada más barato en el camino.

Seyssel es un pueblo que tiene un puente muy bonito y dos iglesias porque está en dos departamentos a la vez, uno a cada lado del río. Visito una exposición de Mazille, o algo así. En mi diario pone “buscar en google”. Es esta dibujante.

Doy la vuelta y pregunto a un yayo ciclista si para seguir hasta Motz tengo que desandar el camino, o hay algún atajo. Me dice que no, que tengo que seguir el Ródano hasta la carretera y luego mirar los carteles para encontrar el desvió. Motz está un poco hors-chemin; al dejar la carretera hay que subir por caminos agrícolas. Hace mucho sol y la subida es bastante fuerte; voy siguiendo los carteles que anuncian el albergue hasta que desaparecen y me encuentro con una colina que llena el paisaje. No sé para dónde tirar y no hay ni dios. Al final pasan dos chicos en un coche, a los que paro para preguntarles. Me dicen que el albergue está al otro lado de la colina y se ofrecen a llevarme. ¡Ni hablar! Sigo adelante y cuando estoy llegando un coche se para delante mío y sale un tío trajeado que se ofrece a llevarme, dónde sea. Me asusto bastante y llego al albergue casi corriendo.

Motz es una especie de urbanización con cuatro casas. En el albergue me recibe una mujer con la sonrisa (y los dientes) del camión-grúa de la peli “Cars”. No se le entiende muy bien. Mi habitación tiene ducha, tele y dos camas. Una pa ti y la otra pa tu mochila. Ja, jo, jajota.

Esto es lo que escribí en mi diario:

El wc es súper alto. Cuesta cagar ahí sin poder hacer fuerza con las rodillas. Y la ducha no tiene puerta ni cortina ni nada.
Primera colada. Cuelgo todo como puedo en la ventana. Los de la barbacoa de fuera pueden ver mis calzoncillos.

Cuando bajo al comedor, me encuentro con las dos alemanas (Gertrud y Margueritte), que están comiendo. La patrona me dice que yo también puedo comer algo, si quiero. No, no hace falta. En realidad ya me lo han preparado. Euh, no quiero gastar más dinero. Tranquilo, está incluido en el precio. La cena es una pizza rara de calabacín y carne con un flan de arroz. Intento comer el arroz que no toca la carne, pero no sabe a nada y lo dejo. Dice que es comida típica de las islas Reunión, de dónde es el marido de la jefa. Tienen dos hijas pequeñas que dan vueltas por ahí.

Día 2 de peregrinaje: Chaumont (Haute-Savoie), 13 de junio de 2013

Ya hace mucho que no escribo mis andanzas peregrinas, en parte por pereza, en parte porque no consigo  volver al espíritu de las primeras entradas, cuando incluso pensé que de aquí podría salir un libro. Esto es una transcripción directa de mi libreta, por eso es tan aséptica.  Los primeros días mi diario intentaba ser una narración, más o menos detallada, pero sin mucha floritura. Luego simplemente me dedicaría a tomar notas y a hacer dibujitos.

Puse el despertador a las 6, pero me levanto a las cinco. Saco todos los trastos y hago la maleta en la hierba. Los campings son agradables.

El camino está bastante bien indicado y ahora es mucho más verde. No se aleja mucho de las carreteras, pero escapa de ellas como puede.

Me encuentro con el 1er peregrino, un señor de Normandía que camina desde febrero. Barba e impermeable mochilero. No habla mucho. Sigo adelante.

Hay varios pueblos, pero no se puede comprar nada en ningún sitio. Ni bares, hay. Solo veo gente dentro de sus coches.

En el cementerio de St.Blaise me encuentro a dos yayas. Dicen que empezaron el camino en Munich hace 3 años y van haciendo un trozo cada año.

Sigo solo. Grandes vistas de los Alpes. Desandar camino. Cartuja.

Hablo con yayo ciclista sobre la crisis (tengo acento espanyol).

En la aldea de Papá Noël no sé continuar. Me tomo un chocolate en un hotel (me regalan un croissant) y pregunto. Mi ruta está más arriba. Atravieso un campo de hierbajos y se me inflaman las rodillas. Me encuentro con las bávaras otra vez. Pause machen? Umweg? Camino con ellas un rato, pero es un rollo. Nos encontramos a otra pareja de (no tan) yayas suizo-alemanas descansando. Cascadas. Seguimos, siempre leyendo la guía alemana. Haz un momento en que hay “eine Variante” que atraviesa un bosque. Aprovecho para tomarla y seguir solo.

Después de mucho andar, llego a Chaumont, final de etapa según mi cutre guía (dos folios impresos por delante y por detrás). Es un pueblo pequeño y pijo donde no hay nada. En el hotel me dicen que siga hasta Frangy.

Frangy es como una ciudad: hay supermercados y hasta una oficina de turismo. Hago la compra en el SPAR y compro una navaja (ce truc camping-là) en un estanco. Me quedo en el albergue. 26€ con desayuno. Es como un hotel, tengo una habitación con baño.

Allí están las suizas. Mañana van hasta Seyssel y vuelven a casa en tren. Ésta era su última etapa en el camino de le Puy desordenado. Me regalan un montón de comida artificial en alemán y yo les doy zumo. Brindamos. Bajamos a cenar al albergue y no hay mucho para elegir. Pido una ensalada con nueces (y sin aceite) y un bol de queso (muy bueno), que acabo mezclando*. La compañía es agradable.

*Hay que decir que, cuando empecé el camino, pensé que, en caso necesario, no iba a ser muy estricto con mi vegetarianismo, para no ofender a quien me ofreciera hospitalidad desinteresada. Aun me consideraba vegetariano en prácticas y así se lo comenté a las señoras. Al final ocurrió lo contrario, volviéndome cada vez más estricto. Como vegano en prácticas, no sé como afrontaría otro peregrinaje.

Día 11 de peregrinaje: Tence (Haute-Loire) 22 de junio 2013

Este edificio, antigua fábrica de papel, acogió a republicanos españoles que huyeron a Francia tras la guerra civil en 1939. No por mucho tiempo, porque tras el armisticio del 40 (que no capitulación, no hagamos enfadar a los franceses, colaboracionistas!), la Papeterie se dedicó a “acoger” judíos alemanes que acabaron en los campos de exterminio. Nótese los puntos suspensivos. Lo que no sé es que hicieron con los republicanos españoles entre tanto. En fin, las historias más feas de la historia de Europa, no tan lejanas en el tiempo como nos parece.

El final de etapa “normal” sería un poco más adelante, en Tence, el pueblo al que pertenece el albergue, o en Montfaucon-En-Velay, donde abandoné a Markus. Antes de despedirnos, le reservé una habitación en el gîte comunal, nos tomamos un caféolé y fuimos a ver la iglesia, uno de esos templos enormes en pueblos minúsculos. Dentro había una exposición de pinturas holandesas y fuera me dejé olvidado el bastón por enésima vez.

A lo mejor quedo como un cabrón, por ir abandonando a los peregrinos que me necesitan. Pero creo que Markus también necesitaba caminar solo. Markus caminaba muy rápido, sin hablar, sin mirar el paisaje, parando solo para fumar. En una de estas paradas, en les Sétoux, dejando atrás Saint-Sauveur y el “Schwarzwald”, fui, como siempre, a visitar la iglesia (más pequeña que el albergue). Dentro no había nada, solamente un hombre mayor y un perro. Al salir, me encontré con un grupo de alemanes con los que me lié a hablar cuando vi que Markus, sin decir nada, se puso a caminar él sólo. Ei! No quieres hablar con tus compatriotas?

Un poco más tarde me paré a mear (caminando meo cada dos horas, aproximadamente) y le dejé que tirase. Yo aproveché para comer, descansar y bañarme hasta los muslos en un riachuelo donde unos niños construían un puente recogiendo piedras. Una de esas cosas que solo veo cuando camino en soledad. Cuando ando solo también hago cosas raras, como quitarme la camiseta y colgar la mochila del bastón, atravesado en horizontal frente al pecho, para intentar ponerme moreno por otras partes. De esta guisa me encontré a Markus bloqueado a la entrada de Montfaucon. Las flechas señalaban en direcciones opuestas y el pobre se había bloqueado. Es un tópico, pero a veces los alemanes son así. Que no ves que el pueblo está ahí? Sí, pero las conchas… Es una variante. Variante es “Variante” en alemán. Qué cosas, no?

Después de dejar Montfaucon, mi idea era llegar a Tence, donde había albergue comunal, pero se me hacía tarde y el calor era un poquito infernal. Así que otra vez de señorito en habitación privada. De todas formas, la petite papeterie es un sitio muy muy chulo. Cuando llegué, la hospitalera me explicó el edificio grande estaba reservado para una boda y a mí me quedaba una cabaña pequeñita cerca del río, con cocina y lavabo. En el precio (me pareció bastante caro) solamente estaba incluído el desayuno. De todas maneras, el sitio era genial (féerique, que diría el tío del bar de Saint-Genix). Para cenar, saqué la mesa de la caseta y la puse a la sombra, para poder cenar al fresco lo que me quedaba de la sopa certificada para veganos que me regalaron las suizas del segundo día. Y de segundo, pan queso y tomate a la sartén. Los invitados a la boda que llegaban con sus coches saludaban al hippie sin camiseta que comía cosas raras en lo alto de la loma. Más tarde lo reencontrarían haciendo yoga (o algo así) junto al río, hasta que los mosquitos le vencieron. Las bodas en Francia no deben ser como en España, pues los invitados se portaron muy bien toda la noche.

Mientras hablaba con la hospitalera, un gato bastante parecido a mi señora vino a saludarnos. La mujer (era realmente muy guapa y muy simpática, a la manera yanqui, no a la francesa) me explicó que si no cerraba la ventana, el gato dormiría conmigo. Y así fue. Suena triste, pero es la única noche en más de dos meses de camino en que dormí acompañado.

Día 7 de peregrinaje: Gillonnay (Isère) 18 de junio 2013

 

En este punto del camino, uno puede decidir si quiere continuar hacia le Puy en Velay, o bien tirar hacia el sur, hacia Arles y Toulouse, y seguir la Via Tolosana. Yo me detuve aquí para descansar del calor, porque mi camino ya estaba decidido. Calor… Esa sensación de no saber si se está derritiendo la suela de tus botas o el asfalto. Cuando abandonas el lago, te encuentras con una etapa bastante aburrida y llana, llena de aldeas con urbanizaciones desparramadas. Lo más grande es Le Grand-Lemps, donde paré a repostar y a que me digan que estoy loco. No llevas sombrero? Más adelante encuentré a tres locos más, jubilatas suizos.

Abandonamos con mucha pena el paseo de los castaños para llegar en seguida a la Côte-Saint-André, que resulta ser la ciudad más grande (sin contar Ginebra) que me he encontrado. Es famosa por ser la patria de Berlioz que, aparte de un Aristogato, fue un músico muy célebre del que no conozco ninguna pieza. A la entrada del pueblo ya encontramos una especie de palomar en la granja que perteneció a su familia. Le Pavillon de la ferme Berlioz:

7_18_junio_la_cote (le pavillon et la ferme Berlioz)

En fin, tampoco hay mucho más. La ciudad es bastante fea. Da la impresión de haber crecido demasiado y mal al borde de una loma, muchos coches y poco lugar para los peatones. Barrios tristes de casas apiñadas. La verdad es que me había esperado otra cosa, y no sabía dónde buscar alojamiento. Tardo bastante en llegar a la oficina de turismo, donde me buscan accueil jacquaire, en una casa que está fuera del mapa. Es muy fácil, solamente tienes que seguir esta calle hasta el número tal.

Al final la calle resultó ser una carretera. Después de caminar media hora entre naves industriales esquivando a los coches y ver que los números apenas avanzaban, me di la vuelta. Lo siento por la familia que me estuviera esperando, no me dieron ningún teléfono para avisar y hubiera llegado muy tarde de todas formas. Cuando volví a la ciudad, las chambres d’hôtes estaban cerradas (creo que celebraban una fiesta) y acabé en el Hotel France. 55 euros por una habitación con baño, sin desayuno, pero con Canal+. Maldiciendo mi suerte fui a visitar la iglesia antes de que se hiciera de noche. Aun estaba abierta y, apenas iluminada por el sol poniente, por dentro parecía una cueva. Es la mejor imágen que me ha quedado de la Côte-Saint-André.

La peor fue la hora de cenar. Fui a un kebab pero, no sé por qué, en Francia no tienen Falafel. Le pedí al chico si me podían hacer uno sin carne y, como no me entendía, se mosqueó bastante. Al final vino otro chico que hablaba mejor francés que el primero (y que yo, je) y me hicieron un kebab sin kebab, y me cobraron lo que quisieron. Me lo comí en el hotel, escribí una postal a mi hermano y me dormí en seguida, sin aprovechar la tele y el Canal+.

Día 12 de peregrinaje: Saint-Julien-Chapteuil (Haute Loire) 23 de junio 2013

12_23jun_antes_d_st_julien_zumo_markus_sagrada_familia[1] Saint-Julien-Chapteuil es la última parada antes de llegar a le Puy-en-Velay (cuántos guiones), principio de muchos peregrinajes franceses, final para algunos alemanes y suizos, bla, bla, bla. Saint-Julien, aunque no salga en los mapas, de lejos, parece un pueblo bastante grande. El problema es que, como me sucede tan a menudo, estos pueblos están rodeados de comunas (arrabales/urbanizaciones), llenos de caminos privados, donde uno pierde las marcas y se pierde a sí mismo. Ahora, sentado ante un ordenador con internet, todo parece tan fácil… Rodeado de casas, y sin tener ni idea dónde está el centro del pueblo, le gîte d’étape y todo eso, entré en jardín donde había una pequeña cabaña con un cartel que informaba que era el taller de un escultor, con una exposición al público.

Calaveras y máscaras. Todo bastante tétrico (y bastante chulo). Mientras estaba mirando (y haciendo fotos) un chico se me acerca por la espalda. Me espanto bastante, porque soy de natural nervioso y porque ante semejante atrezzo uno se espera cualquier cosa, especialmente si tiene que ver con sacrificios rituales.

Era un chico bastante joven, muy chulo, molt fatxenda, urbanita en el pueblo. Todo esto lo ha hecho mi abuelo, a que mola. El pueblo? ni idea, yo soy de Saint-Etienne! Un peregrino, qué es eso? Ah, que guay. Quieres un zumo?

Llegué a Saint-Julien bastante cansado, con un litro de zumo de mango haciendo estragos en mis intestinos. La etapa había sido bastante larga, con dos visitas tempranas a Tence y Saint-Jeures, después un paseo bastante interesante entre los volcanes (les sucs de Meygal) comiendo bolsas de muesli, bajo un cielo nublado. Pero ahora, a pleno sol y con las tripas llenas de porquerías, la búsqueda del albergue era más que urgente.

Y sí, al final encontré el bourg, el albergue y el típico cartel con un número de teléfono. Mientras esperaba a que la encargada del camping municipal me trajera las llaves, me quité las botas y decidí tirar mis calcetines a la basura. Al final, el sitio ya estaba abierto y, entre las voces de los alemanes que había adentro, reconocí la de Markus. Me había despedido de él el día anterior, porque no caminábamos al mismo ritmo (porque no se paraba nunca para nada), pero fue una alegría volver a verlo.

Por la noche (bueno, por la tarde, “le soir” es otro concepto, cenando a las seis el día del solsticio) hicimos un poco de turismo. La iglesia de Saint-Julien de Saint-Julien (je!) es bastante chula, con una fachada enorme. No pude evitar compararla con la Sagrada Família. Buscamos un bar para hacer un café* en el típico bar-estanco-lotería que uno encuentra en los pueblos de la región. El tabaquismo y la ludopatía están muy extendidos, en serio. Es un pueblo bastante bonito, pero está realmente muerto. Mañana viene lo bueno. Esperamos.

*Diccionario francés de Markus: Bonjour, Bonne route y Café au lait.