Día 38 de peregrinaje: Arzacq-Arraziguet (Pyrénées-Atlantiques), 19 de julio 2013

La etapa de hoy es larga y aburrida. Ya queda poco para entrar en territorio español y se va notando el desgaste. Partimos los tres solos muy temprano, dejando atrás a los ancianos de Pimbo (la Bestia Roncadora incluída), intentando encontrar la salida. Acertamos a la segunda. El primer pueblo que encontramos, Arzacq-Arraziguet, es el pueblo de dónde ha salido gran parte de nuestro “grupo”, al que nos costará atrapar. Un grupo bastante reducido, pues la mayoría de peregrinos que hemos conocido ya se han largado a casa y no encontramos a nadie nuevo hasta que nos paramos junto a este árbol. Félix no puede evitar el orgullo de señalar la bandera de Québec. Junto al árbol hablamos con un señor sonriente, que parece que nos rehuye un poco. Yo, cabezón me pongo a hablar con él. También partió de Suiza (no recuerdo  de dónde) y hace semanas que encontró su ritmo, así que prefiere caminar solo. Me confiesa que es daltónico y que, al no distinguir el color de las marcas (rojas y blancas) se ha perdido varias veces. Parece un chiste…

En seguida pega un acelerón y nos deja atrás. Lo volveremos a alcanzar, por supuesto, pero le dejamos tranquilo. Tampoco hablamos mucho entre nosotros hasta que llegamos a Arthéz-de-Bearn. El Bearn no forma parte del país vasco francés, pero tiene un aire, casas blancas y aisladas. Quizá es lo que ha hecho tan aburrida la etapa de hoy, todo el suelo que hemos pisado era agrícola, nada de bosques, hemos atravesado varias poblaciones pero sin cruzar apenas calles. El albergue, el que toca, es bastante grande, con una recepción que parece de un hotel. En el libro oro hago un dibujo del grupo, que se ha perdido. David dice que lo he dibujado como una tía y Félix parece que esté fumado. Céline y Joanne están allá, con el daltónico y otro chico que vi hace días, el falso vegano, según David. En teoría compartíamos habitación con las dos marsellesas pero Céline decide que prefiere acampar. Joanne (mi Joanne) parece que se quiere quedar con nosotros pero, al final, se va fuera también. David dice que no podría soportar nuestros encantos sin tirársenos encima. Félix opina que deberíamos ducharnos. Tras la ducha, Joanne dice que les sobra comida y sitio en la lavadora. Tras un pequeño interrogatorio, decidimos que la comida es apta para veganos (tu es aussi végétarien? No, I’m a level higher!). Después de comer, y tender la ropa, la de las chicas incluída, estamos un buen rato hablando, hasta que Céline vuelve, algo nerviosa, casi avergonzada, porque he tendido su ropa (también la interior). Dice que afuera hay muchos mosquitos y que prefiere pasar la noche en el albergue.

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Día 35 de peregrinaje: Éauze (Gers), 16 de julio 2013

Fritz, quizá la única persona viva del “sitio llamado Lamothe” nos recibe con el Bolero de Ravel a la hora del desayuno. Este hombre, con sus maneras bruscas, su aspecto de oso ermitaño y su mezcla de lenguas, se hace querer como pocos hospitaleros. Además, gracias a él tengo un mapa que me permitirá atravesar los Pirineos por el Cantábrico.

Félix y David han acampado fuera. No podemos disfrutar durante mucho tiempo del desayuno porque en seguida llegan unos periodistas terroristas a filmar sin permiso como nos atamos las botas y otras cosas de peregrinos. Así que dejamos en su salsa a la pareja bleda y a la chilena belgicana de ayer y salimos a pisar la tierra.

Después de tantos días caminando solo, se agradece tener compañía, aunque me cueste utilizar el inglés como lingua franca con un hispano y un francoparlante. Cada día es una vida nueva, y cada día tienes que ser una persona diferente. El plurilingüismo es primo de la esquizofrenia, creo que hay artículos que lo demuestran. Además, David y Félix han creado una especie de comunidad de dos personas, un lenguaje propio y sus propias bromas; una mezcla entre el señor de los anillos, el heavy metal, los juegos de rol y los memes de internet. Psí, son (somos) unos putos friquis.

El camino nos lleva a Éauze (atención con el acento) donde casi tengo que obligarles a visitar la catedral. Bueno, tampoco es gran cosa, pero a mí me gusta pararme en los pueblos y ciudades ver qué personalidad tienen, qué significaría vivir allí. Supongo que la mayoría hace el camino para eso, caminar y llegar a un sitio y descansar. Y otros para ver y comer cosas. Yo no sé muy bien para qué vine aquí (ya pasé como cuatro crisis de fe). Cuando viajo con más gente siempre pienso en lo que haría si estuviera solo. Supongo que me hago demasiadas preguntas.

En fin, después de atravesar Manciet y otros pueblos gascones que tengo apuntados, llegamos, bajo un cielo muy turbio, a Nogaro. Parece un nombre japonés, dice Félix. Lo primero que encontramos es un circuito de carreras (circuito Paul-Armagnac) y, mucho después, el pueblo. Empieza a llover, así que no hay excusa para pararnos. Hay que seguir hasta el camping, que está en el quinto c*ñ* y, encima, el camino no está muy bien señalizado.

En el camping nos encontramos con Jean-Baptiste, que no hace muy buena cara. Ya nos habíamos encontrado antes con él: estaba ilusionado porque el camping tenía piscina y podría amortizar el bañador que había comprado en Lectoure. Llueve a cántaros sobre la piscina, pero nosotros deberíamos comer algo hoy también, así que salimos de expedición al Lidl de la carretera. El Lidl es un paraíso vegano en Francia. Félix y David se empeñan en pagar un montón de botellines de cerveza negra para celebrar mi cumpleaños.

Cuando volvemos, empapados, invitamos a Jean-Baptiste y a las chicas, Céline y Joanne, que están allí también, por supuesto. Todos rechazan la oferta, así que acabamos los tres fricazos jugando a una especie de “jo mai mai” (I never) con preguntas de temática sexual/aburda, para acabar debatiendo sobre la inmutabilidad del ser. Fuera coña, que tenemos un filósofo entre nosotros. Félix y yo nos empeñamos en que una persona puede cambiar, evolucionar, crecer, ser mejor. Por algo emprendimos este camino. Pero David (y Parménides, creo) se empeña en que nada puede cambiar, todo cambio es ilusión. El agua del río puede moverse, pero sin dejar el río. Los mosquitos y esta conversación hicieron que, pese al alcohol, no durmiera muy bien.

Día 31 de peregrinaje: Auvillar (Tarn-et-Garonne), 12 de julio de 2014

Abandono Moissac tot solet y muy trempanito. El camino, una amplia senda/carril-bici que bordea el canal, no admite pérdida e invita a la meditación. Amanece muy despacio y casi no hay nadie, solo personas mayores que caminan y pedalean un poco. Cuánta agua… Y solo es una canal, navegable!, del Tarn, que solo es un afluente de la Garona. La etapa de hoy es bastante larga, pero podría caminar sin parar y sin cansarme durante días mirando los barcos y pisando barro. Pequeñas poblaciones y presas rompen el encanto. Boudou Malause Pommevic… Magia negra eslava?.

Al entrar en Espalais, el último pueblo a este lado de la Garona, me encuentro un albergue(1) muy bonito. Me siento a descansar en una mesa, donde hay una chica leyendo. Hablo un poco con ella y me dice que el albergue todavía no está inaugurado, que ella no es hospitalera, ni siquiera está segura de si es peregrina. Simplemente se paró aquí hace unos días y el dueño le dejó quedarse. A mí también me hubiera gustado quedarme aquí. El hospitalero no habla mucho, pero me da su tarjeta y estampa mi credencial con un sello enorme, empapado en tinta roja. Dice que es el símbolo chino de la vida.

Caminando un poco más, encuentro una oficina de correos y aprovecho para tirar la postal que escribí ayer. Justo cuando meto la carta en el buzón, llega la empleada y me dice que ese buzón es una pieza de museo. En ese momento llega también Jean-Baptiste y dos peregrinos gordos holandeses sin mochilas y, bueno, y la de correos abre la oficina y me enseña cómo mi postal a acabado en el suelo. Jean-Baptiste se ríe y yo también. No recuerdo a quién iba dirigida la carta, espero que llegara a su destino.

Un pueblo fantasma, con un pícnic enorme junto al río con lavabos para peregrinos (je!). La iglesia parece un poco ruinosa pero, al empujar la puerta, ésta se abre y dentro me encuentro a unos músicos ensayando. Parece que tocan música antigua y, como no me dicen nada, me quedo un rato. Por dentro, la iglesia está más en ruinas todavía, haciendo que los músicos parezcan extras de una peli de Kusturica.

 

Una de pieses pal Instagram

Una de pieses pal Instagram

Al otro lado del río está Auvillar, una de las ciudades más bellas de Francia (certificado), pero a partir de aquí mis recuerdos (y mi documentación) son borrosos. Al dejar el río y la vegetación, el calor era insoportable y tampoco recuerdo dónde acababa la etapa “oficial”. Tengo un sello de Saint-Antoine (Gers) y fotos de una iglesia de Saint-Jacques que no he podido localizar. De alguna forma sabía que había una casa, la “Pate d’Oie”, donde acogían a peregrinos.

“Xavier et Isabelle Ballenghien”

Para llegar a la casa, como no, había que atravesar Flammarens y rezar porque aparezca alguien a quién preguntar. Y rezar es lo primero que me viene a la cabeza cuando entro en la “mansión”, enorme y oscura, llena de cachivaches procedientes de todo el mundo y carteles de temática cristiana. Xavier (2), el hospitalero, dueño de la casa y padre de familia es el vivo retrato del caballero moderno, elegante, educado y simpático. Además, sabe algo de español, porque su familia viene de Perpignan. Su hijo, Benôit, también estudia español pero es más pragmático (o sincero) que su padre y prefiere hablar en francés. Benôit es el número 7, me explica Xavier y me enseña una foto de los siete hermanos, todos altos, delgados y con camisa blanca. He dormido con SDFs, pero no estoy preparado para esto.

Xavier es encantador y se esfuerza en prepara una cena vegetariana. Incluso hace un pastel buenísimo. “Es la grasa de ternera la que hace que sea tan crujiente” dice Benôit.

Sí, Benôit, a sus doce o trece años, posee una ironía exquisita. Según Pratchett, ser el séptimo hijo (bueno, el séptimo hijo del séptimo hijo) le predestina a uno a ser un mago. Su padre se tiene que ir y le pide que me enseñe el trabajo de la granja. Y eso hace, con la parsimonia de un chaval acostumbrado a montar el mismo numerito a todos los pelagatos que acoge su padre. He de decir que contestó a todas mis estúpidas preguntas sobre pollos y patos y que aprendí un par de cosas de una ganadería que, por desgracia, casi se practica solamente por afición. También he de decir que me costó dormir en una habitación llena de tótems africanos y pósters parroquiales.

1 Buscando info sobre el albergue de Espalais, encontré una historia del hospitalero y su compañera. La leí con la ilusión de que al final aquella chica encontrar su sitio en el Par’chemin. Al final, la historia es distinta y no sé si es el mismo hospitalero que encontré.

2 Creo que lo escribí en el post posterior a éste. Mi huésped no era otro que el alcalde del pueblo.

Día 27 de peregrinaje: Flaujac-Poujols (Lot), 8 de julio de 2014

Me despierto un poco perdido, esperando encontrarme la típica habitación de albergue a oscuras, con gente que ronca y gente que remueve bolsas de plástico con una linterna en la boca. Por la ventana entra bastante luz y mi compañero de celda, el novicio Jean-Baptiste, está ordenando sus cosas.

Yo dejo la mochila en el cuarto y me pongo a correr como un idiota por el claustro del monasterio de Vaylats. ¡Creo que estoy curado! En el comedor, la mujer del Dalshim (o del malo) me vuelve a dejar la crema y Rafa, el hombre medicina valenciano, me dice que para la tendinitis hay que mear mucho. Él intentará aguantar, aunque parece que su magia no es lo bastante poderosa para curarse a mí mismo. No hace falta decir lo que piensa Jean-Baptiste de semejante herejía.

Vaylats

Vaylats

Hoy no tengo ganas de seguir el paso militar de Jean-Baptiste. También tengo ganas de perderlo un poco (pobre!), pero no hay manera, porque aunque me adelanta, cae en las redes de un tenderete en el medio del camino. Es una ONG de Estrasburgo, que ayuda a los handicapés a hacer el camino de Santiago. Venden deuvedeses y regalan galletas. Es gracioso, porque la mitad son de Iraq, y hablan con un acento alsaciano del próximo oriente. Son simpáticos. Sigo andando con el brutispático Jambo, un poco aguantado, hasta que encontramos a la pareja de oro, los Jeanpoles (Jean-Paul y Philip) siempre dispuestos a hablar un rato (solo Philip). Seguimos adelante, hace mucho calor, Jambo ya no puede correr mucho, apenas hablamos; hay ganas de llegar a Cahors de una vez. Entonces, me doy cuenta de que me olvidé el bastón. Gracias bastón! Jambo, sigue sin mí! Tiro la mochila al suelo y corro, corro, hasta que veo a la pareja, con mi tesoro en la mano. Il a une jolie forme, ton bâton. Sigo con ellos hasta que llego a mi mochila, la recojo y me despido, nos vemos en Cahors.

La revelação

Esto era yo que acababa de recuperar mi preciado bastón que perdía cada dos por tres, llegando a Cahors todo solito, cantando boludeces, riéndome solo, hasta que escucho una voz que viene de arriba. Alzo la cabeza y veo un campo de fútbol abandonado detrás de la silueta de un hombre sentado a una mesa. Voy a ver qué me dice.

Le monsieur du champ de foot, un señor algo mayor, algo gordo, algo canoso y con un tatuaje gastado en el brazo me da la mano y me dice que me siente a beber algo. No cal. Pero me siento y me presento, se presenta, el típico bavardage entre peregrino y hospitalero. Pero este hospitalero y esta conversación no eran tan típicos. No sé muy bien cómo, ah le catalan, acabamos hablando de regiones y países y de Europa y de economía y de cómo las personas acababan (acabábamos) sepultadas por una serie de “entes” que no podemos controlar y a los que no les importaban. Y no sé cómo me eché a llorar como un tonto. El señor me hizo pasar a su mini-albergue y me dio, no sé, una cocacola y entonces llegaron su mujer y su hija, discapacitada, que me puso, muy fuerte, el sello de la Confrerie Flaujac-Poujols y yo le di la voluntad y, claro, seguí adelante.

Seguí adelante perdiendo espíritu por todos los poros, como una esponja invertida, como si me hubieran desatado un nudo de dentro, entendiendo el sentido del camino, que a veces caminamos por otros, como este señor, que no puede dejar a su familia pero cada día escribe los pensamientos que le transmiten los peregrinos que paran en la puerta de su cabaña, de camino a Cahors.

Philip me dice que Jean-Babtiste me estuvo esperando un rato y al final había tirado para Cahors. Me pongo a correr, a ver si lo alcanzo, pero antes de llegar a Cahors encuentro el albergue-donativo que salía en el libro de la hospitalidad cristiana de Quentin. Al final, no es donativo ni especialmente barato, pero él y Anneline está allí, así que me quedo y comparto un plato de pasta mientras el garçon se baña. Anneline es vegetariana, filósofa y creyente. Su familia viene de Polonia. (Quentin es un chti con cara de duende) Me quedaría a hablar con ella para siempre (en serio), pero quiero ir a bañarme al río. Quedamos en que por la noche cocinaremos tortilla. Española.

Cahors, al tener estación de tren, es final de camino para unos cuantos. Como Dominique y las damas holandesas. Los encuentro en el puente y me dicen que hay una playa junto al río. La “playa” está petadísima, así que me voy directamente al río, aunque esté prohibido. Escondo la ropa entre los matorrales y disfruto del agua fría y fangosa. Cuando salgo, unos drogotas me dicen que tengo que pagar peaje, pero me hago el guiri y los esquivo. En el pueblo, me encuentro a Jean-Baptiste. Me dice que en su albergue están Félix y David, mis compañeros de tendinitis en Conques. Quiero ir a verlos, pero me lía con la visita a la catedral (la de las tetas) y el mercadillo medio-medieval y al final vamos a comprar para la tortilla. En el super encontramos a Quentin-content y Anneline y nos repartimos la compra. Jean-Baptiste quiere cenar con nosotros y dice que se encarga del vino, del queso y del melón. En fin, es francés y de Paris para más inri.

El edificio con tetas grises es la catedral de Cahors

El edificio con tetas grises es la catedral de Cahors

En el albergue encontramos a una pareja de jubilados que acaban de llegar. Hablamos un poco, hablan, porque yo tengo que hacer la tortilla y dirigir a la gente, pensando en castellano y hablando en francés. Jambo saca su navaja del ejército colonial y los otros unos cuchillazos enormes. Nadie entiende que el huevo se eche al final ni que se necesite tanto aceite (de colza!), pero salen dos tortillas bien majas. Los señores resultan ser muy simpáticos. Están jubilados, pero todavía tienen que cuidar de sus hijos… y de sus nietos. Hablamos y hablamos (Jambo se marcha a su albergue), oscurece y cuando llevamos un rato hablando en la oscuridad (no hay luces en el albergue), nos vamos a dormir.

Día 26 de peregrinaje: Vaylats (Lot) 7 de julio de 2013

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Me levanto muy trempanito y pongo la directa, en busca de soledad, recreándome en mi misantropía cuando diviso Cajarc desde las alturas. Cajarc suena a arcadas o a risa del messenger. Pero el karma o la justicia poética me golpean al bajar la colina, haciendo que me líe y me ponga a caminar en círuclos, siguiendo las marcas al revés, como un personaje de dibujos animados. “Las marcas señalan los dos sentidos, porque el verdadero peregrino es el que, al llegar a destino, deshace el camino hasta casa”, me dicen las dos damas holandesas, mientras Jean-Baptiste nos adelanta a paso militar. Otra cosa no sabré, pero yo sé perder, así que le sigo a paso insumiso. Nos cruzamos también con los dos franceses que veo cada día, el calvo y el que tiene cara de mala hostia.

Jean-Baptiste, Jambo para los enemigos es un chaval culto, idealista y de buena familia, perteneciente a una élite católico-militar que escapó a la revolución cuando les dio por cortar cabezas. En España no hay creyentes, sentencia. Es interesante escucharlo pues, aunque tiene algunos prejucios, conoce muy bien la historia de Francia. Hay que decir que Francia es París, el resto es “la province”, y el resto del mundo son países de los que lo único que se puede decir es: están locos estos xxxx”.

Caminar con Jambo no es tan divertido porque, aunque es buen tío, habla mucho, camina muy deprisa e intenta convertirme a su secta religiosa y alimenticia. Me gorrea todo lo que puede mis provisiones y pretende pagarme con salchichón. Jambo está obsesionado con las marcas y con la guía. Hay un momento en que nos perdemos y no me deja ir a preguntar a un señor. Reza a diós y ayúdate a ti mismo, me dice, es su lema. Supongo que eso funcionará para los que estén en buena relación con dios. O tengan dinero. Pero los españoles ofendimos al señor con la inquisición, mientras el cristianismo se hizo fuerte en Francia en la clandestinidad de la revolución. O algo así. Así que solo me queda preguntar y hablar un rato con los simpáticos franceses de provincias que no tienen nada que hacer en todo el día.

Llegamos a Varaire, hace calor y hemos caminado bastante. Jambo se tumba a la entra de la iglesia a dormir, o algo y yo vuelvo a hablar con los franceses de cada día. El calvo se llama Philip y el otro Jean-Paul. Son una extraña pareja que comparte un humor peculiar, una especie de Jay y Bob el silencioso (Jean-Paul no habla). Se van a quedar en este pueblo tan feote, pero a mí no em fa el pés y querría caminar un poco más. Visito la iglesia, con la calma y me siento al lado del durmiente. En mi guía de albergues religiosos dice que en Vaylats hay un monasterio, que a mí me suena a donativo, que suena a comer bien por poca pasta. Le digo al Jambo que voy a llamar, pero no me dice nada. En el monasterio me dicen que hay que pagar 26 euros. Es bastante caro, sobretodo tratándose de hospitalidad cristiana, pero acabo aceptando. Cuando cuelgo, el papafrita me dice que por qué no he reservado para él.

El sitio está bastante guay. Es una especie de castillo, lleno de monjas que cuidan ancianos. A nosotros nos dan habitaciones de pin y pon en una casita de pin y pon. Jambo está pletórico en nuestra habitación de Epi y Blas. Además, ha descubierto que bajando poco a poco el agua caliente, puede bañarse con agua fría y volverse más fuerte. Yo también estoy contento porque hay muchos gatos y una monja muy vieja y muy simpática que los cuida. En la cena, volvemos al ambiente club-med de franceses viejos hablando de distancias y tiempos, quejándose de los españoles comen mucho porque me comí todas las endivias que dejaron (solo comí eso). El outsider del grupo es Rafael, un señor de Alicante con poderes curativos, que funcionan con todos menos con sus piernas. Se frota las manos y se las aplica en los gemelos, pone cara de dolor, pero no está seguro de si mañana podrá continuar. Si tuviera una ficha de personaje, sería un clérigo enano. Como Rafael no se ofreció a ayudarme, una señora me dejó un poco de su crema, que funciona de maravillas en mi tendinitis.

Día 14 de peregrinaje: Saint-Privat-d’Allier (Haute Loire) 25 de junio de 2013

Me levanto con una sensación rara, como si ya fuera demasiado tarde. Ordeno mi mochila y bajo a desayunar, justo a tiempo para despedirme de Markus, que dice que hará un poco de turismo y luego seguirá adelante, hasta donde le llegue el tiempo. Se va, y me deja con toda esta colla de franceses. Bueno, mis compañeros de mesa son un David, un español y Félix, un quebecois, que me hablan en inglés. Hablar inglés se me hace tan raro como ver a un valenciano tan joven haciendo el camino francés de Francia. Además, él salió de Bristol. Cosas veredes…

En fin, tampoco hay tanto tiempo para hablar, porque tenemos que salir corriendo a la catedral, para asistir a la bendición del peregrino. Ahí está Markus, y mucha gente, pero no tanta como me esperaba. Es mi primera misa del camino, así que no soy tan diferente a los demás. Eso sí, soy el único que llora, conmovido por las palabras del cura. Ahora me pregunto si ese discurso tan cálido, abierto y alentador no sería el mismo que el padre pronunciaría todos los días a riadas de peregrinos diferentes vestidos con poliester de colores. Es igual, a mí me marcó y me confundió y, de alguna manera, entendí por qué tantos muertos de hambre se animaron en el medievo a compartir piojos y enfermedades en busca de los huesos de un santo.

Peço-vos Senhor que me ajudeis nesta fase dificil de minha vida. Fazei ??? que tudo corra bem ??? a minha saude. Agradeço-vos de tudo o ??ças.
Saint-Jacques
Rogai por nós.

A la salida, empiezo a caminar con Félix, en busca del camino. No es tan fácil y tenemos que preguntar. Compostelle? Ça me dit rien! Es un bar, o qué? Una discoteca? Otra vez! Que lo sepas, que lo que da sentido a tu pueblo es el señor Saint-Jacques de Compostelle!

En fin, los peregrinos expertos sin estrenar nos alcanzan y solo tenemos que seguirlos para salir de la ciudad y encontrar el camino. También encontramos a Théo, un chico de 18 años, de Versalles, que nos pide permiso para ir con nosotros. También nos pedirá permiso para hacer fotos y no se callará en toda la etapa, que ya me va bien, porque no tengo muchas ganas de hablar, aunque todos los franceses se empeñen a preguntarme de dónde vengo y por qué carajo estoy aquí.

La verdad es que es una primera etapa muy bonita, suave, con pueblos pequeños y cuidados, con sus iglesias románicas que por dentro son como cuevas. Y hace un día fantástico para caminar. Félix se esfuerza en hablar en francés estándar y Théo ametralla p’tits y grands mots, imposibles de entender. Así, sin darnos cuenta y perdiéndonos una vez, llegamos tranquilamente a Saint-Privat, donde solo quedan dos camas, una de ellas de matrimonio, que compartirán Félix y Théo.

Théo se ofrece a pagarnos un truc, un verre, algo para beber, si Félix le compra tabaco. Théo ha acabado el instituto y está aquí para volverse adulto, aunque su madre le ha hecho un equipaje enorme, con un botiquín lleno de cosas y más mudas de las que yo tengo en casa. Quiere dejar de fumar y recurre a argucias como obligar a la gente a comprarle tabaco, autohumillándose. Está leyendo “así habló Zarathustra”.

Félix es trabajador social y ha dejado el trabajo para desintoxicarse y, quizá, escribir un libro (ha traído su ordenador, un portátil de los grandes!). Cuando acabe el camino irá a Marruecos. Quizá es tradición, porque es lo que hizo Mariel, también quebequesa y travailleuse social, en otro camino. Félix lleva una mochila, unos pantalones y unas botas que parecen pesar varias vidas. También lleva un tatuaje bastante chulo. Está leyendo el libro del Coelho sobre el camino de Santiago.

En el pueblo no hay gran cosa a hacer. Yo quería comprar calcetines, pues he perdido un par, pero solo tienen un cajón de pares sueltos, a precio de oro, así que volvemos al albergue, a cenar y conocer el resto de peregrinos. En la cena (a mí me dan seitán rebozado; hay que estar preparados para los vegetarianos; siempre hay alguno) me entra mi primer bloqueo francés. Una señora portuguesa se compadece y habla un poco conmigo, para desintoxicarme. Lo cierto es que funciona. ¿Por qué duran tanto las cenas francesas? Los hospitaleros son muy amables: son una pareja que se conoció en el camino, ya yayotes, y decidió montar un albergue. Tienen un hijo adolescente y un perro.

En mitad de la cena, se abre la puerta y aparece la viva estampa del peregrino. El peregrino de las estampas, con capa, bastón y sombrero con vieiras. Los hospitaleros lo preparan todo para que tenga un plato de comida (a mi lado) y un sitio donde dormir (en la cocina). Resulta ser un colgado que acabó de darme la noche con preguntas como “¿Tú quién crees que es mejor? ¿Saint-Jacques o Saint-Pierre?” Yo soy de San Roque.

Después de que Marie nos enseñe su pijama de castidad, mitad batamanta mitad saco de dormir, intento dormirme mientras Félix teclea en su ordenador.

Día 24 de peregrinaje: Figeac (Lot) 5 de julio 2013

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Conjunto monumental en Figeac

Es temprano, pero Marie se ha marchado ya con su covoiturage y Claire-Anne no ha podido apuntar sus señas. Después de la fiesta de anoche en la vitta è bella, el albergue se antoja un poco triste esta mañana, con solo tres peregrinos, pero Andrea se encarga de animar el desayuno y devolvernos la expectación por el misterioso sello con que Andrea nos estampará la credencial. Aunque esto no lo lea casi nadie, no voy a revelarlo, ni tampoco diré lo que guarda en el congelador. Se merece alguna visita más, aunque solo sea por la sorpresa.

Jean-Baptiste quiere comprar pan y se va comprar pan no sé donde y Clariana sale a caminar a toda prisa, con gesto de dolor. Le he explicado cómo debería estirar y que debería andar más despacio y descansar a menudo, pero prefiere andar a toda prisa, casi llorando para desplomarse al final de la etapa. Cada uno aguanta su cruz, supongo, y cada uno se la construye a medida.

Yo no quiero echar a perder el proceso de curación de mi tendinitos, así que me quedo atrás, procurando no perderla, sea por mi consabido caballerosidad. O también porque la chica tiene una guía muy buena con albergues “donativo” que nadie conoce. Cuando bajamos a un valle, la niebla me hace perderlos a ella y al camino, así que sigo por la carretera. Al dejar la niebla, nos volvemos a encontrar y me dice que con mi atajo me he perdido un espectáculo “superbe”: las cumbres de las colinas saliendo de la niebla. Dommage…

Sin decidirlo, decidimos seguir juntos un rato. Charlamos bastante y paramos a ver iglesias y a comer. Bueno, yo no llevo comida. Ella intenta ofrecerme algo. El paté es carne?

Claire-Anne es experta en arte religioso y se dedica a pintar iconos. Es un arte muy codificado y ya le va bien, porque se le da bien pintar, pero no tiene imaginación y, aunque no sepa qué dibujar, solo tiene que elegir una serie de símbolos. Que una “artista” me diga esto me pone tristísimo. Clariana, como casi todos los franceses, ha estudiado español durante años, pero solo sabe decir “Sí”, “Hola” y “Buenas días”. No para de sufrir porque le duelen los gemelos. Es una lesión muy típica y muy tonta, una simple sobrecarga. Solamente hay que estirar regularmente presionando fuerte con el talón, aunque duela y no forzar mucho hasta que se cure.

Tengo ganas de llegar a Figeac y dejar de sufrir viendo sufrir a mi compañera, cada vez de peor humor. Un coche se pone a pitarnos desde la carretera y Claire-Anne le insulta. Pero, si son nuestros hospitaleros, que van de compras a Figeac. Hablo con ?? en español, que me pregunta cómo va la chica. Le digo que está fatal y Andrea se ofrece a llevarla. Auf keinen Fall! Clarianne me dice que quiere seguir sola y empieza a caminar muy rápido. Yo sigo a mi ritmo y me la encuentro un par de veces descansando. En cuanto me ve, vuelve a ponerse en marcha en seguida, pero volveré a atraparla, aunque no quiera. El camino es el paraíso de los acosadores.

Finalmente llego a la entrada de Figeac, esos arrabales feos de naves y casas nuevas que tienen los pueblos grandes (o ciudades pequeñas). No tengo ni idea de dónde está el Carmel, así que voy a la oficina de turismo, donde me dan un mapa con una cruz, junto al río, donde está el monasterio y también Clarián, sin zapatos y comiendo fruta. Me dice que si me doy prisa, a lo mejor me dejan meter la mochila dentro. Dicho y hecho. Clariana me regala un melocotón que le ha dado el hospitalero. Lo devoro y le digo que me voy a comprar comida. Me paseo un poco por el pueblo, haciendo tiempo para la hora de abrir del albergue y compro muchísimo en un Leclerc. Después de tantos días de colmados timadores, un supermercado de verdad es un paraíso.

Cuando vuelvo cargado de bolsas, Clariana me pregunta si he hecho la compra para toda la semana. Es lo que tiene ir a comprar con hambre, pero no te preocupes, que esto no dura mucho. Nos abren, me ducho y hablo un rato con el hospitalero. Es un tío muy majo. Me toca compartir habitación con dos damas holandesas, que me dicen que el Carmel debía ser un colegio para chicas “descarriadas. En la habitación de Claire-Anne hay otras tres tías que no he visto todavía. El hospitalero y yo estamos bien acompañados. Me ducho, hago algo de yoga en el claustro y voy a dar otra vuelta por el pueblo.

El centro de Figeac está bien conservado pero mal cuidado. Es bastante grande, se nota que fue una ciudad importante en la antigüedad. Me recuerda un poco a Barcelona. Además, aquí vive gente joven! Chicas vestidas de verano! Buf! Comprando una postal para Aleix me encuentro a Dominique y la australian blonde, que me dice que cogerá un tren para volver a casa. El Oceanian Express, supongo.

Cuando vuelvo al albergue, ayudo a preparar la cena al hospitalero con Sophia, una peregrina francesa de mi edad. Parece maja. Al rato vuelve Claire-Anne con las otras tres chicas, una de ellas es una coreana de 18 años.

Cenamos todos juntos, todos menos las dos holandesas. En el comedor hay fotos de los peregrinos que han pasado por ahí. Ahí está Pierre! Pregunto por la “chica alemana del perro” y, también está ahí, con su novio español, recuperando los dos días de ventaja. La cena está muy bien, incluso para los vegetarianos. Hoy pruebo la crema de castañas. La conversación, sin embargo, no es tan agradable. Envidio a la coreana, nadie se esfuerza (o no sabe) en hablar inglés ni integrarla en la conversación, así que no tiene que tragarse una competición de beatas midiendo su fe y comparando sus experiencias. Y pensar que hay gente que ha sido tocada por dios y no quieren dejarlo entrar. Durante el camino he aprendido a aceptar el sentimiento religioso o espiritual que puede haber en cada uno, pero no soporto la soberbia del que lo utiliza para sentirse superior a los otros. Mientras aprendo algo sobre el alfabeto coreano, veo que Sophia y el hospitalero se quedan al margen de la conversación. Las chicas han decido que mañana tomarán la variante a Rocamadour, a hacer turismo religioso. Claire-Anne suspira aliviada cuando rechazo la propuesta.